Máquinas de guerra informacionales (Rosendo González)
I
El capitalismo se orienta hoy hacia la producción de subjetividad, es decir hacia la creación de universos. Universos a ser instalados
en nuestra consciencia. Universos como únicos lugares posibles: sociedad de control. Esto no es 1984, por poner otro ejemplo
distopico: esto es Un mundo feliz – en donde ningun otro mundo es posible. En esta novela Aldous Huxley nos describe una
sociedad perfectamente estratificada a través de la ingeniería genética; ahora bien, no hace falta tratar con genes cuando se tiene
medios maquínicos de producción de subjetividad. Medios maquínicos como televisión, radio o Internet conectados directamente a
nuestro cerebro. Medios maquínicos que tienen muy poco de democráticos. Hoy la producción de universos posibles, de espacios de
interacción, esta controlado por unos pocos. Si la magia es el arte de cambiar a distancia la realidad bajo voluntad, podríamos hablar
del gobierno de los nigromantes. Magos negros haciendo de papa-mama de sus hijos zombis. Magos negros invocando poderosos
demonios con sellos/logos bajo la forma de omnipresentes multinacionales. ¿Es esta una guerra oculta? ¿Es esta una guerra
informacional?
II
Frente al universo único de los nigromantes se encuentra el jardín de peculiaridades del mago(k). Aquí no se trata de crear un nuevo
universo igual de cerrado que el anterior, si no de una plataforma para la creación de infinitas galaxias. Si creemos en la vieja
contraposición entre orden y caos, lo que queremos hoy es el más absoluto caos. Caos creativo. Matamos a papa-Dios para luego
sustituirlo por papa-kosmos. Matamos monarquía para sustituirla por absolutismo ilustrado; el viejo nombre olvidado de una
democracia representacional. Nuestra reinvidicacion hoy es la más absoluta democracia, esa vieja ideación spinoziana. Como dijo el
mago: “haz tu voluntad será la totalidad de la ley”. Esta es la maquina de guerra que queremos construir: una que lance infinitas
líneas de fuga, una que constituya a cada hombre y mujer como una estrella. Máquina colectiva de creación de subjetividad.
Multitud informe, mutante, alegre, amoral. Queremos diversión, queremos creatividad, queremos autonomía. Hoy que el mapa
geográfico ha sido cerrado, hoy que solo los agentes nigromantitos escapan de la gravedad; Hoy, queremos crear nuevas galaxias,
galaxias en la conciencia, galaxias a ser exploradas.
III
Sabemos que la verdadera realidad no existe. Todo, absolutamente todo, es mediación. Ni naturaleza humana original, ni ley
universal, ni hostias: “Tú ya eres el monarca de tu propia piel; tu inviolable libertad sólo espera completarse en el amor de otros
monarcas: una política del sueño, urgente como el azul del cielo”. Siguiendo a Nietzsche afirmamos que la Razón no es más que una
de las facetas de la existencia. Una faceta constituida en tecnocracia. El sujeto es así excretado por la inconsciencia en la forma de
antigua maldición por la existencia. ¿Por qué dejar que alguien nos construya este –nuestro- sujeto? ¿Por qué dejar que alguien
construya nuestra ser?. ¡Queremos mascaras! Mascaras de escayola fabricadas y pintadas por nosotros mismos. ¡El baile más
divertido jamás imaginado está a punto de comenzar!. Un filósofo post-moderno dijo una vez que la única finalidad humana
admisible era el autoenrequicimiento continuo de las relaciones con el medio. Nosotros recogemos su legado. No queremos mas
–ismos, queremos vivir: vivir libres; queremos crear: crear valores, símbolos, relaciones sociales. Bienvenidos al desierto de lo real;
bienvenidos al pragmaticismo del Deseo.
IV
Si la era informática supone más mediación que la época anterior, no es por su naturaleza artificial. ¿Que es lo artificial en un mundo
donde solo existe mediación?. Sino por el poder entretejido en su red. Poder inquisitorial, neo-moral. Tampoco nos gusta esa avidez
suya por el “progreso”: progreso en la destrucción ecológica, progreso en el afán consumista. Pero hay otras cosas de ella que nos
El narrador (Walter Benjamin)
El narrador (Walter Benjamin).
El narrador (1936)
I
El narrador —por muy familiar que nos parezca el nombre no se nos presenta en toda su incidencia viva. Es algo que de entrada está
alejado de nosotros y que continúa a alejarse aún más. Presentar a un Lesskow como narrador, no significa acercarlo a nosotros. Más
bien implica acrecentar la distancia respecto a él. Considerado desde una cierta lejanía, riman los rasgos gruesos y simples que
conforman al narrador. Mejor dicho, estos rasgos se hacen aparentes en él, de la misma manera en que en una roca, la figura de una
cabeza humana o de un cuerpo de animal, se revelarían a un espectador, a condición de estar a una distancia correcta y encontrar el
ángulo visual adecuado. Dicha distancia y ángulo visual están prescritos por una experiencia a la que casi cotidianamente tenemos
posibilidad de acceder. Es la misma experiencia que nos dice que el arte de la narración está tocando a su fin. Es cada vez más raro
encontrar a alguien capaz de narrar algo con probidad. Con creciente frecuencia se asiste al embarazo extendiéndose por la tertulia
cuando se deja oír el deseo de escuchar una historia. Diríase que una facultad que nos pareciera inalienable, la más segura entre las
seguras, nos está siendo retirada: la facultad de intercambiar experiencias.
Una causa de este fenómeno es inmediatamente aparente: la cotización de la experiencia ha caído y parece seguir cayendo
libremente al vacío. Basta echar una mirada a un periódico para, corroborar que ha alcanzado una nueva baja, que tanto la imagen
del mundo exterior como la del ético, sufrieron, de la noche a la mañana, transformaciones que jamás se hubieran considerado
posibles. Con la Guerra Mundial comenzó a hacerse evidente un proceso que aún no se ha detenido. ¿No se notó acaso que la gente
volvía enmudecida del campo de batalla? En lugar de retornar más ricos en experiencias comunicables, volvían empobrecidos. Todo
aquello que diez años más tarde se vertió en una marea de libros de guerra, nada tenía que ver con experiencias que se transmiten de
boca en boca. Y eso no era sorprendente, pues jamás las experiencias resultantes de la refutación de mentiras fundamentales,
significaron un castigo tan severo como el infligido a la estratégica por la guerra de trincheras, a la económica por la inflación, a la
corporal por la batalla material, a 1a ética por los detentadores del poder. Una generación que todavía había ido a la escuela en
tranvía tirado por caballos, se encontró súbitamente a la intemperie, en un paisaje en que nada había quedado incambiado a
excepción de las nubes. Entre ellas, rodeado por un campo de fuerza de corrientes devastadoras y explosiones, se encontraba el
minúsculo y quebradizo cuerpo humano.
II
La experiencia que se transmite de boca en boca es la fuente de la que se han servido todos los narradores. Y los grandes de entre los
que registraron historias por escrito, son aquellos que menos se apartan en sus textos, del contar de los numerosos narradores
anónimos. Por lo pronto, estos últimos conforman do grupos múltiplemente compenetrados. Es así que la figura de narrador adquiere
su plena corporeidad sólo en aquel que en carne a ambas. «Cuando alguien realiza un viaje, puede contar algo», reza el dicho
popular, imaginando al narrador como alguien que viene de lejos. Pero con no menos placer se escucha al, que honestamente se ganó
su sustento, sin abandonar la tierra de origen y conoce sus tradiciones e historias. Si queremos que estos, grupos se nos hagan
presentes a través de sus representantes arcaicos, diríase que uno está encarnado, por el marino mercante y el otro por el campesino
sedentario. De hecho, ambos estilos de vida han, en cierta medida, generado respectivas estirpes de narradores. Cada una de estas
estirpes salvaguarda, hasta bien entrados los siglos, algunas de sus características distintivas. Así es que, entre los más recientes
narradores alemanes, los Hebel y Gotthelf proceden del primer grupo, y los Sealsfield y Gerstäcker del segundo. Pero, como ya se
dijo, estas estirpes sólo constituyen tipos fundamentales. La extensión real del dominio de la narración, en toda su amplitud
histórica, no es concebible sin reconocer la íntima compenetración de ambos tipos arcaicos. La Edad Media, muy particularmente,
instauró una compenetración en la constitución corporativa artesanal. El maestro sedentario y los aprendices migrantes trabajaban
juntos en el mismo taller, y todo maestro había sido trabajador migrantes antes de establecerse en su lugar de origen o lejos de allí.
Para el campesino o marino convertido en maestro patriarcal de la narración, tal corporación había servido de escuela superior. En
ella se aunaba la noticia de la lejanía, tal como la refería el que mucho ha viajado de retorno a casa, con la noticia del pasado que
prefiere confiarse al sedentario.
III
Lesskow está tan a gusto en la lejanía del espacio como en la del tiempo. Pertenecía a la Iglesia Ortodoxa Griega, mostrando además
un sincero interés religioso. No por ello fue un menos sincero opositor de la burocracia eclesiástica. Y dado que no se llevaba mejor
con la burocracia temporal, las funciones oficiales que llegó a desempeñar no fueron duraderas. En lo que respecta a su producción,
el empleo que probablemente le resultó más fructífero, fue el de representante ruso de una empresa inglesa que ocupó durante
mucho tiempo. Por encargo de esa empresa viajó mucho por Rusia, y esos viajes estimularon tanto su sagacidad en asuntos del
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